Pentecostés: Una reflexión sobre el Espíritu Santo

EL espíritu santo es la esencia sublime de dios en nosotros

Una verdadera joya de la Palabra de Dios es la siguiente cita bíblica, que sin duda lleva un contexto lleno de amor, esperanza, fortaleza, y promesas de Dios:

 

Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo». Mateo 28, 18-20.

 

Jesucristo, nuestro Salvador, al culminar su misión terrenal, manifiesta un mensaje reconfortante para su pueblo, nos promete que estará con nosotros hasta el fin del mundo, esto sin duda nos alegra el corazón. Pero, ¿cómo es posible sentir que Jesús está con nosotros y estará con nosotros hasta el final de los tiempos, con cada adversidad que nos sucede?. Definitivamente hay una fuerza de bien sobrehumana que nos motiva, fortalece, alegra nuestro ser y purifica nuestra menta por dentro. Esta fuerza, es la esencia más pura, más sublime, más divina de Dios para nosotros: es su Santo Espíritu.

 

Dios es uno y trino: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Jesús dispone específicamente que se bautice y se bendiga en el Santo Nombre de sus Tres Divinas Personas, por tanto no puede haber discusión cristiana para oponerse a tal mandato. Es así que nuestra vida cristiana inicia cuando el sacerdote nos bautiza de esta manera, con nuestro Bautizo, recibimos por primera vez al Espíritu Santo en nuestras vidas y a partir de este especial momento, nuestra vida toma un sentido magistral. Asimismo, reconfirmamos esta gracia de Dios, con nuestra "Confirmación". Ahora bien, lo que hagamos con nuestras vidas, dependerá de nosotros en la libertad que Dios nos otorga. Pero, sin dudarlo, como verdaderos cristianos, nuestra decisión firme, será declararnos por siempre hijos de Dios y caminar a la luz del bien, buscando la meta de la vida eterna en el cielo luego de nuestra vida terrenal.

 

Jesús, no derramó su preciosa sangre en vano, lo hizo porque Dios nos ama a fin de liberarnos de la muerte y darle sentido a nuestras vidas. Y como valor agregado, nos entregó a su Santo Espíritu para que en nuestra vida terrenal, no nos sintamos desamparados pues Dios siempre cumple sus promesas. De forma análoga a la anterior cita, el Evangelio de San Lucas, nos muestra la promesa que nos hace Jesús para fortalecernos con el Espíritu de Dios, con la "fuerza que viene de lo alto", la Fuerza Divina de su Espíritu: "Y añadió: «Así esta escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto»." Lucas  24, 46-49.

 

Pentecostés, proviene de la palabra griega que significa "quincuagésimo", celebramos esta fiesta cincuenta días después del Domingo de Pascua. Esta fiesta tiene un profundo significado para nosotros, pues nos hace recordar y sentir como nuestra, a la efusión del Espíritu Santo sobre la Virgen María y el resto del Colegio Apostólico: "Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan»". Juan 20, 19-23.

 

 

El Espíritu Santo es la fuerza de lo alto, la fuerza que Dios nos brinda a los seres humanos para mantenernos en la luz y manifestar lo mejor de lo mejor de cada uno de nosotros, siendo personas de amor y bien, siendo evangelizadores. El Espíritu Santo es tan sublime que sin su manifestación al Colegio Apostólico, no hubiese existido la Iglesia, no hubiese existido ni sacerdotes, ni misioneros, ni nada de lo que conocemos como estructura del cristianismo católico: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse". Hechos de los Apóstoles 2, 1-4. Imaginémonos por un instante si Dios no hubiese cumplido su promesa de entregar su Fuerza de lo Alto, entonces los apóstoles hubiesen tenido su corazón en Dios, pero el miedo los hubiese hecho sucumbir. Pero como Dios es todo un Señor de Honor, Él se manifestó con su Espíritu, les dio fuerza, ánimo, dones, virtudes. Con ello, se llenaron de valor, y salieron al mundo a predicar la Buena Nueva, a formar Iglesia, a construir el mandato de Jesús. Tanto así que el Espíritu de Dios les permitió hablar en otras lenguas para que todas las naciones reciban la Palabra y nadie se quede sin conocer de Dios y su plan de salvación. 

 

 

Es maravillo analizar el contexto de este amor tan bello de Dios para nosotros, pero más hermoso es poder sentir al Espíritu de Dios en nosotros. El Santo Espíritu de Dios es tan puro que no puede entrar si estamos en pecado, tan noble que no nos permitirá escuchar a Dios o decidir lo que nos conviene si estamos alejados de lo que Él quiere que hagamos. Es tan, pero tan puro el Espíritu de Dios, que en medio de la gran Misericordia que Dios tiene para nosotros, la cual permite que Él  perdone nuestros pecados, hay un único pecado que Dios nos nos podrá perdonar jamás: ése pecado es "la blasfemia contra el Espíritu Santo": "Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre»." Marcos 3, 28-29. Esto dijo Jesús, cuando unos escribas lo calumniaban a Él y a sus milagros. Cuando Jesús expulsaba a espíritus oscuros, los escribas le decían que era obra del maligno, ¿cómo podría Jesús expulsar al mal en nombre del mal?. Aparte de ser una calumnia fuera de toda lógica, los escribas estaban atentando contra lo más puro que existe en el mundo. En consecuencia, lo que no tiene perdón de Dios es dudar de la Gracia de Dios, de atentar contra el Santo Espíritu, de no reconocer a Jesús como nuestra luz y vida.

 

Como verdaderos seguidores de Cristo, debemos reconocer que nuestra fuerza solo se mantiene viva por medio de Dios y su Espíritu. No caigamos en que las fuerzas que no provienen de Dios nos podrían levantar, pues solamente la Fuerza de Dios es la única que renueva nuestra vida y le da una verdadera razón de ser.

 

Incluso, no caigamos en tergiversaciones de la Palabra, por ejemplo: habrá quienes hayan escuchado la historia de Sansón, cuya fuerza radicaba en "su cabello", y cuando cortaron su cabello, él perdió su fuerza. En realidad la fuerza de Sansón radicaba en la Consagración de su ser a Dios, y su cabello representaba dicha consagración. De hecho en la historia bíblica de Sansón, en varias ocasiones se nombra al Espíritu de Dios que le da fuerzas. Te invito a leer esta historia muy interesante en: Jueces, capítulos del 13 al 16. Lo que pretendo decir, es que debemos darle al Espíritu Santo el lugar de honor que le corresponde, en el sentido de que es quien nos da fuerzas, dones y carismas para sobresalir en el mundo. Pensar distinto, desde mi punto de vista, también me parece un atentado al nombre del Santo Espíritu de Dios.

 

Recuerda esto: Nuestra razón de ser tendrá sentido cuando pongamos a Dios como primerísimo ser en cada uno de nuestros actos, aceptar a Jesús como nuestro Salvador y querer de todo corazón, llenarnos por dentro del Espíritu Santo. El comprender la magnitud de lo bueno que el Espíritu Santo puede hacer por nosotros debe ser de vital interés, pues así podremos comprender lo que Dios quiere para nosotros, podremos escuchar su voz y comprender las formas en que comunica con nosotros. Finalmente, podremos disponer nuestra mente hacia un estado de excelencia para nuestro propio bien.

 

Con afecto,

Javier. 

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