La Armadura de Dios (Parte 7)

EL CASCO DE LA SALVACIÓN

El casco para un soldado, es un elemento hecho de un material duro que cubre la cabeza y cara, cuyo objeto es proteger de ataques y golpes que podrían ser mortales en caso de no llevarlo puesto. 

 

Asimismo, nosotros que somos guerreros espirituales, tenemos la misma necesidad: el llevar un casco que nos proteja de golpes mortales; que proteja nuestra cabeza, nuestros pensamientos, nuestras ideas. Este casco, el casco de la salvación. Sabemos claramente que hemos sido salvados por medio de Jesús, por medio de Él somos liberados y protegidos. El mismo Jesús fue claro con sus palabras: "Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento." Juan 10, 9. El casco de nuestra salvación está integrado por la seguridad plena de que somos salvos por la gracia de Dios; cuando aceptamos a Jesús como nuestro Único Señor, estamos recibiendo todo el poder y cobertura.

 

Entre el más débil de los creyentes y el más fuerte de los santos de Dios, hay algo en común que los equilibra espiritualmente: "La plena confianza de que Jesús nos salvó". Cualquier cristiano que acepte a Cristo como Señor y Salvador de su vida, y busca amar a su prójimo para encontrar la paz de Dios, lo tiene absolutamente todo. En este postulado se hallan cada una de las bendiciones espirituales y el camino hacia la santidad.

 

De este modo, cualquier fracaso no es debido a que Dios nos abandona, sino es debido a que no nos hemos apropiado verdaderamente de lo que es nuestro, por Gracia de Dios: nuestra salvación en Cristo. En este sentido, apropiarnos del amor de Jesús requiere de un acercamiento pleno en el que podemos resumir: oración constante, sacrificios ofrecidos a Dios (ayuno, dejar un vicio, limitarnos a algo que nos gusta), visita al Santísimo, hacer el bien a las personas, comulgar, leer la Biblia, alabar a Dios y proclamar con alegría que Jesús nos salvó y nos dio vida eterna, renovar nuestra mente para dejar atrás al ser viejo y revestirnos de renovación y mejora en Cristo.

 

Con la firme convicción de que Jesús es nuestra Salvación, tendremos protección contra golpes letales del enemigo, del mundo y con nuestras propias luchas internas que interfieren tanto en nuestro cuerpo, como en nuestros pensamientos. Para verlo desde un mejor punto de vista, la Salvación de Jesús: restaura nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

 

Cuando recibamos ataques mentales que pretendan hacernos perder la fe en Dios y la confianza en nosotros mismos, debemos fortalecernos en Cristo mediante la seguridad de nuestra salvación en Él, para repeler estos ataques: 

 

PENSAMIENTOS

SIN EL CASCO DE LA SALVACIÓN                                                                                                                                                                                     

PENSAMIENTOS

PROCLAMANDO A JESÚS COMO NUESTRO SALVADOR

- Dios no está conmigo, he pecado. - Mi salvación depende de lo que Cristo hizo ya por mí, procuraré seguir sus pasos  y amar a quienes me rodean.
- Estoy hundido, de esta situación no me levantaré. - Fui salvado y soy hijo de Dios quien me levantará.
- Dudo mucho que Dios me conceda lo que le pido. - Dios lo puede todo y lo podrá también en mí.
- Dios no me ama, todo me sale mal. - Dios me ama tanto que dio a su único Hijo por mí, Dios me dará sabiduría para buscar la solución a mis dificultades y salir victorioso.

 

Que en nuestro corazón sintamos el amor de Dios, que nuestros pensamientos y acciones se renueven para bien, que nuestra boca proclame que Jesús nos ha salvado: "Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación." Romanos 10, 9-10.

 

Nada podrá separarnos del amor de Dios ni de la Salvación que por su Gracia, Él nos otorga, basta que de nuestra parte lo reconozcamos en nuestro corazón: "Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor." Romanos 8, 38-39.

 

Recuerda esto: La Gracia de Dios nos ha salvado mediante el sacrificio que Jesús hizo para liberarnos y darnos vida nueva. Tanto amor y sacrificio de Dios, nos deja la única tarea de proclamar a Jesús como Señor y Salvador, renovarnos y buscar una vida que nos acerque más a Jesús.

 

Con afecto,

Javier.

 

 

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