Rumbos claros son mejores que prisas desesperadas

Es evidente que para conseguir una meta, debemos comenzar por especializarnos en conocerla a profundidad, para saber luego cómo dirigirnos. Lo siguiente, es determinar los medios estratégicos que vamos a utilizar para lograr el objetivo planteado.

 

Esta aparente lógica, muchas veces se nos pierde porque la rutina, la ansiedad y los esquemas mentales que se involucran en el mundo, bloquean la natural forma de manejar nuestros actos con sabiduría.

 

Hagamos una pausa de paz y armonía con nosotros mismos y cuestionémonos la forma en que estamos conduciendo nuestra vida y la manera en cómo perseguimos nuestros objetivos. Es probable que nuestro accionar presente, no sea el más adecuado. Es más, seguramente estemos convencidos de que estamos haciendo las cosas “bien” y que la sola idea de cuestionarnos no va para nada con nosotros. 

 

Cuando no definimos claramente nuestros objetivos de vida y en vez de ello, damos prioridad a la arrebatada velocidad, a la desesperación, al desenfreno por conseguir algo que ni siquiera lo hemos establecido con certeza y tan solo nos "deslumbra"; podemos fracasar de manera estrepitosa, dolorosa y con consecuencias para nada agradables.  

 

La concepción sabia y bien definida de nuestras metas es clave para avanzar. Imaginemos si nos vestimos bien, utilizamos nuestra mejor sonrisa y salimos a la calle, y de pronto nos encontramos estancados sin saber qué hacer luego. No sería lógico que compremos una bicicleta, adquiramos el casco más bonito y la ropa deportiva más apropiada, si luego de montar en ella, no sepamos cuál será nuestro destino o vacilamos por varios caminos que tenemos al frente.

 

Si somos determinantes en saber hacia dónde vamos, podremos ser determinantes en tomar acciones sabias para avanzar. Lo más importante de nuestro viaje es dejar que Dios conduzca el transporte hacia nuestro destino, caso contrario, el transporte será el incorrecto.

  

 

Conocer nuestro destino implica saber qué ruta elegir, la adecuada velocidad con la que actuamos, los recursos que vamos a utilizar, una sensata planificación según el tamaño de la meta, y desde luego, estar preparados para imprevistos. Si nuestra meta no está clara, tampoco lo estará nuestra ruta. Antes de comenzar nuestro camino ya debemos conocer de antemano: la meta y la ruta. 

 

Cuando planificas tu vida con orden y sensatez, podrás optimizar tu tiempo y cosecharás bienestar en tus metas, esto aplica también para los pequeños logros del día a día. Pensemos en un ejemplo: dos personas tienen una reunión importante la mañana siguiente, la primera alista la noche anterior la ropa que utilizará, prepara lo que desayunará, ora con paz y determina la ruta que tomará hacia su destino, y hasta piensa en lo que va a decir en su reunión; la segunda persona recién se preocupa por estas cosas cuando suena el despertador. Es más probable que la primera persona tenga mayor éxito y reduzca el riesgo de imprevistos. Si con algo tan simple como comenzar la mañana, podemos generar eficiencia y valor a nuestra vida; cuanto más lograremos en las grandes actividades que debemos afrontar en el día a día. 

 

Actuar bruscamente, sin pensar en los resultados, no solo que genera inestabilidad emocional, sino que reduce las probabilidades de sentir satisfacción con los objetivos cumplidos. Actuar con prisa descontrolada no es saludable, es tan fulminante como la pasividad estancada. La velocidad adecuada solamente puede ser generada cuando dejamos que Dios lleve nuestro transporte, por lo que simplemente toca poner toda nuestra carga en Él. Lastimosamente, cuando nos creemos dueños de nuestro destino y pretendemos seguir el simple postulado de "el fin justifica los medios", veremos cómo los resultados no serán muy alentadores. Una meta debe satisfacer, debe alegrar el corazón, debe darnos paz; si sucede lo contrario, es que jamás hubo convicción sana de lo que queríamos en nuestra vida. Los medios adecuados permiten logran un fin que nos edifique, apresurarnos con una irracional locura puede llegar hasta hacernos tocar fondo:

 

"Los proyectos del hombre laborioso son pura ganancia, el que se precipita acaba en la indigencia." (Proverbios 21, 5).

 

Recuerda esto:

 

 

Tomar una arrebatada prisa para lograr metas en este mundo, solamente conduce a metas poco o nada satisfactorias. La única y exclusiva "prisa" que debemos llevar, es la prisa por alcanzar a Dios y ponerlo por encima de nuestros planes. Al vivir con un respeto reverente hacia Él, nuestro camino será seguro. Dejemos de correr hacia lo que nuestro ego piensa que "necesitamos", y mejor empecemos a descansar en la paz que Dios nos provee, pues al fin de cuentas, la única meta dorada que importa es llegar al cielo.

 

Con afecto,

Javier

 

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