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La alabanza a Dios fortalece a la humanidad

Los momentos más memorables de nuestra historia contienen en su mayor proporción: alegrías, gozo, regocijo, júbilo, orgullo y satisfacción. Las personas expresamos nuestros sentimientos de dicha, con alegres manifestaciones físicas y/o verbales. Un triunfo personal es motivo de entusiasmo, recibir con furor a un artista en un concierto, alentar a un equipo deportivo con cánticos y barras, festejar con diversión, aplaudir una obra artística, son costumbres sociales.

 

Si los seres humanos podemos expresar con gozo las satisfacciones del mundo, con mayor razón deberíamos gozarnos en nuestra mayor alegría celestial y terrenal: Dios. No hay mayor medicina para un ser humano que la oración, y no hay mayor fortaleza para la humanidad que la oración de alabanza. Si pudiéramos alcanzar la plenitud de la santidad, todas las "alegrías" del mundo serían minúsculas comparadas con la satisfacción de alabar a Dios y glorificar su Santo Nombre: "Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como basura, con tal de ganar a Cristo." (Filipenses 3, 8).

 

Los santos han podido llegar a esta plenitud despojándose del mundo y viviendo únicamente para conocer a Cristo. Ciertamente, para nosotros sería muy difícil lograr la santidad plena en la tierra. Pero también es cierto que como seres débiles, tenemos un espacio gratuito para experimentar fortaleza y santidad interior. Este espacio es la alabanza a Dios, la alabanza a Dios consiste en aceptarnos pequeños y necesitados del Señor y engrandecer su nombre con gozo, júbilo, cánticos y palabras de euforia. ¿Acaso Dios no merece mayores elogios y ovaciones que un artista, un político, un equipo deportivo o cualquier persona del mundo?. Desde luego que sí.

 

La alabanza es el reconocimiento que hacemos a Dios por lo que Él es y por sus obras. Reconocer la grandeza y el poder infinito del Señor a través de nuestras manifestaciones corporales es muy gratificante. Alabar a Dios es disponer de todos nuestros sentidos para enaltecerlo, es sentirnos apasionados por su Majestad y reconocerlo como el Ser Supremo por sobre todo lo material e inmaterial. Tributar toda clase de elogios a Dios por sus cualidades divinas es formar un vínculo entre el Dios bueno y la persona agradecida.

 

Todos los que amamos a Dios debemos procurar alabarlo constantemente. El tipo de alabanza dependerá del grado de crecimiento espiritual de cada uno de nosotros. Podemos comenzar con una oración verbal en nuestra habitación y decirle: "Bendito Dios, Alabado y Glorificado seas por siempre, eres Soberano y Todopoderoso por sobre todo lo que existe, eres el dueño del tiempo y del espacio, yo te alabo con todo mi ser". O simplemente: "Solo tú eres Santo, solo tú Señor, solo tú Altísimo, Jesucristo". Puede resultar complicado o raro al principio para quienes no hayan experimentado este gozo, pero con la práctica se convertirá en una verdadera necesidad como respirar. Si alabar a Dios es algo nuevo, simplemente dile lo que significa para ti personalmente, proclama su bondad por los favores que te ha concedido en el pasado.

 

 

Otra forma de alabar a Dios es orar en silencio y pedirle que derrame su Santo Espíritu para poder exaltarlos con las palabras correctas. Tomar una Biblia y leer salmos de alabanza es muy productivo pues hay salmos muy emotivos que resaltan la grandeza del Señor, y los podemos vincular a nuestras oraciones; en la Biblia, podemos encontrar muchas lecturas para encontrarnos con Dios y alabarlo, si se nos dificulta, basta con preguntar a un sacerdote, utilizar un buscador de Internet, y por supuesto: tomar una Biblia y buscar lecturas por tu propia cuenta. 

 

También es de gran ayuda el apoyarse en cantos, aplausos, y hasta movimientos corporales. Además, podemos alabar a Dios en la Eucaristía, durante el Gloria y el Santo, presentarnos ante el Señor con nuestro corazón enamorado en Él y diciendo: "Santo, Santo, Santo el Señor".

 

La alabanza a Dios se genera por el amor que nosotros le tenemos y puede ser ofrecida en cualquier lugar, en la intimidad de tu ser o acompañado por otros hermanos. Alabar a Dios es vincularse con su Espíritu, por ello es que la alabanza al Señor nos brinda un cambio de la tristeza a la alegría de forma divina: "Y por medio de Jesús, ofrezcamos sin cesar a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su Nombre." (Hebreos 13, 15).

 

A más de las alabanzas personales y en la Eucaristía, es un tesoro muy grande para nosotros, el buscar espacios dentro de la Iglesia Católica para alabar a Dios y aumentar nuestra pasión por Cristo: grupos parroquiales de oración, comunidades, escuelas bíblicas, movimientos carismáticos, apostolados, entre otros. Lo importante es dejarnos llevar de Dios, Él no puede actuar en nosotros, si de nuestra parte no hay voluntad para amarlo y refugiarnos en su misericordia. Si decides dar un paso más allá para fortalecer tu actual vínculo con Dios, serás recompensado por Él.

 

Recuerda esto:

 

La alabanza a Dios debe ser un modo de vivir para el cristiano que busca amar a Dios. Vivamos unidos a Dios en cualquier circunstancia y alabemos su poder infinito aunque sea con una frase pero que salga de nuestro corazón. Alabar a Dios nos fortalece por dentro y por fuera. Experimenta este gozo y podrás disfrutar de dulces frutos en tu vida.

 

"¡A Dios, el único sabio, por Jesucristo, sea la Gloria eternamente! Amén." (Romanos 16, 27).

 

Con afecto, 

Javier.

 

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